Perséfone de la ciudad.

I

Violencia,
clandestino leviatán,
amotinado en tu cuerpo.
Temo mirarte a los ojos,
y permitir que sucumba
el latido de la humanidad.

¿Quién te robó la primavera de las manos?
Era justo ayer cuando jugabas
a hilvanar paraísos de muñecas
y edificaste antes de la siete,
castillos para la sinceridad.

II

Cortejo funesto,
de parcas con demencia.
Arrastras mortajas inoportunas.
Sangre tibia, veraz impronta
de tu destino mancillado.

Ciudad infame,
cruel anfiteatro del infierno.
Incesante marea carmín,
trastornada otra vez en la acera.
La noche excitada, único testigo.

III

Arrojamos aguas benditas
que no borran
la vergüenza de tu muerte.
Tu madre se rasgó la piel y los vestidos.

Apagamos los gritos.
Exoneramos el crimen con el olvido.
Adorando este falaz silencio,
por siempre estamos malditos.
Y a lo lejos, una niña sigue llorando.

(Karim Arredondo, marzo 2019)

 

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