Recientemente se cumplió el primer lustro del fallecimiento de Gabriel García Márquez. El colombiano obtuvo el premio Nobel de Literatura en 1982 por Cien Años de Soledad, todo un referente del realismo mágico y del boom latinoamericano.

Uno de los autores más citados y recurrentes cuando se habla de las letras hispánicas. Sus títulos son éxitos en ventas, alrededor de todo el mundo. La mayoría son excelentes, otros, posiblemente no tanto; pero por haber escrito Crónica de una muerte anunciada (1981), Cien años de soledad (1982) y los textos que conforman la antología Doce Cuentos Peregrinos (1992), el ‘Gabo’ ya merecía la gloria.

Doce cuentos peregrinos fue el primer libro suyo que leí, hace ya bastantes años. Hasta la fecha sigue siendo mi favorito de toda su obra. Creo que en la muy engañosa sencillez del cuento condenso las grandes virtudes que caracterizan su literatura. Son entretenidos, los personajes difíciles de olvidar y en medio de la certera realidad del relato se aproxima un universo creativo de giros en las tramas y elementos fantásticos que te toman desprevenido de lo bien que están escritos y provocan, al final, que simplemente amemos su lectura.

La antología incluye joyas como El rastro de tu sangre en la nieve, Sólo vine a hablar por teléfono y La luz es como el agua. Sí no te dejaron leer estos tres en la secundaria, no sé qué estas esperando para hacerlo.

El rastro de tu sangre en la nieve es una historia de amor novelesco, sensual y juvenil volcada vertiginosamente en una inusitada tragedia. Los detalles nimios consiguen ser lo que importa. Las imágenes que lo construyen redondean la atmósfera de belleza y nostalgia que envuelve todo el cuento. Más de uno se enamoró de Billy Sánchez y Nena Daconte y más de uno experimento la angustia ante la inminente llegada una catástrofe tan increíble, pero tan posible sí lo dice García Márquez.

Sólo vine a hablar por teléfono es un auténtico tratado de la desesperación, un relato de terror disfrazado de otra cosa, al menos a mí la forma inusual, casi ridícula, en que llega al manicomio la protagonista del relato, me pone los pelos de punta. Una genialidad del colombiano que tiene entre sus cualidades extraerle al hecho más común de la vida una historia fabulosa.

La luz es como el agua es uno de los primeros cuentos del escritor y en el dio vuelo a su imaginación para contar el mágico suceso que ocurre dentro de la casa de Totó Y Joel. Lo increíble nace sigiloso entre la normalidad de un matrimonio y sus dos hijos. La pluma del colombiano tiene la virtud de hacer que lo fantástico no tenga nada de raro y conduce con paciencia al lector hacia el engaño. Toda la ambientación es relajante, aunque algo magnético se esconde en el entramado. Al final lo única duda que queda es sí leímos la noticia de una desproporcionada desgracia o el más hermoso relato para niños.

Sí te gustan los castillos medievales y el género de terror puedes leer Espantos de Agosto. El relato es muy corto, al que le pondría mi etiqueta de preferido en todo este conjunto. Con tan sólo cuatro páginas vas a recordar a Ludovico y cuando te hospedes nuevamente en algún cuidaras despertar en la misma de la noche anterior y que la habitación no huela sospechosamente a fresas.

Al resto del volumen se suman títulos no tan famosos, pero de gran calidad. Desfilan por ellos santos, bellas durmientes, expresidentes caídos en desgracia y viudas que no aprendieron a vivir la vida. Hurgan en la motivación y la extravagancia de la condición humanas y acercan dos mundos diferentes. No solamente el mundo de la ficción y la realidad; sino el de los pobres y los ricos.

Sí hasta aquí no te convencí de leer Doce Cuentos Peregrinos tal vez quieras elegir otro. ¿Cuál es tu preferido?

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